La semana en que Édgar Ramírez rodaba en Caracas la
producción internacional Libertador, de
Alberto Arvelo, Ruddy Rodríguez culminaba una de las primera películas de
terror del cine venezolano: La casa del fin de los tiempos,
ópera prima de Alejandro Hidalgo.
Allí la venezolana radicada en Colombia, da vida a
Dulce, una mujer que, paradójicamente, no es tan dulce. Su personaje tiene
contacto con unas entidades del más allá que le revelan que sus hijos van a
morir trágicamente. La cinta se centra en el viaje físico y espiritual de esta
mujer para evitar que se cumpla el vaticinio.
Son las 5:00 de la tarde en el set ubicado en la
quinta Castillete de El Paraíso. En un cuarto, el argentino Alex Mathews (El secreto de sus ojos)
está desde la mañana transformando a la actriz en una mujer de 72 años.
Con la cara plastificada, apenas puede mover los
labios, mas la jovialidad trasciende el maquillaje y salta la Niña bonita de
siempre, que dice: "Lo bonito queda en el alma, el que me conoce sabe como
soy, esto es circunstancial y me encanta".
"Recibí el guión hace como ocho meses, le
firmé una carta a Alejandro Hidalgo porque él me dijo que la necesitaba para el
CNAC (Centro Nacional de Cine). Yo soy una persona confiada, me pareció osado y
se la firme, ni siquiera había leído el guión. Después me lo entregó. Primero
lo dejé en standby porque tenía otros proyectos. Empezamos formalmente, le
envié mis comentarios por email y el primero de marzo estábamos rodando".
"Yo creo que Dulce vive a través de los ojos
de sus hijos. No creo que se quiera, ni que sea feliz, es de una gran dureza.
Quien le saca una media sonrisa es uno de los niños. No está feliz ni conforme
con su vida, no es alegre, es echada pa' lante pero dependiente. Es una
antítesis de lo que yo soy".
"Trabajé el personaje como unas tres semanas.
Esta mujer tiene dos períodos en su vida: el pasado y el presente. Con mi acting coaching,
Rossana Fernández (El rumor de las piedras) el trabajo fue buscar imágenes
y empezar a sentir, improvisar. Fue una búsqueda. ¡Tengo que fumar! ¡Yo que soy
100% libre de tabaco, aquí las pagué todas!. Pero yo me paso un switch".
"¿Que si he reflexionado sobre mi vejez?
¡Para nada! Estos son trabajos que se te presentan cada 20 o 30 años. ¿Pa' qué
carajo me voy a preocupar hoy? Me proyecto hacia el futuro, pero no me quita el
sueño. Yo tengo que vivir mi presente sin problemas, sin rencores, sin
angustias. Yo soy antiparabólica, no he cambiado, lo que tengo es más prótesis,
de resto estamos bien".
"Tengo dos meses fuera de mi casa y ya me
hace falta. Ya mi hogar está en Colombia, y no es por maldad, la circunstancia
me llevó allá. Ya toca como las abuelitas, a donde vaya el marido va uno. Mi
esposo es campestre y él no podría estar lejos de eso. A Venezuela regresaré
cada vez que un proyecto me atrape".
-¿Y los hijos para cuándo?
-Yo no sé. Ya yo le dije a Dios que aquí estamos
listos.
-¿Envía fax a la cigüeña?
-Y a la ciencia. Yo no me doy mala vida. Cuando él
quiera, yo ya estoy lista. Son decisiones entre lo espiritual, mental y
corporal.
-¿Qué siente al ver el cine venezolano de hoy?
-Mucha alegría, me da tanta alegría. Es un orgullo
porque estábamos como adormitados. Seguíamos hablando de la época de oro
pero... ¿y la época nuestra qué? El cine venezolano agarró vuelo. Yo creo que
de las grandes crisis socio-político-económicas-afines... sale algo bueno y el
cine salió bien parado, repontenciado. Están apoyando mucho el cine. Y hay que
hacerlo, es un deber, esté quien esté, porque para que un país salga adelante
sale por su determinación, por sus acciones, por sus misses, por el petróleo,
pero también por su cine.
-Y hay también un momento interesante de intercambio de actores
entre Colombia y Venezuela.
-En las grandes crisis el que ha salido bien
victorioso ha sido el cine y los artistas que por la angustia tienen que cruzar
fronteras. Yo siempre le digo a mis colegas: "Crucen fronteras para que
cuando vuelvan los traten como estrellas".